Palabras de Isabel Zapata, poeta, traductora, editora y antílopedurante la presentación de El cuarto de triques en Casa del Lago, el 20 de enero del 2016. Fueron publicadas en La hoja de arena cerca de la misma fecha.


Los poemas que escriben nuestros amigos son una manera implacable de registrar el paso del tiempo, que a veces es cruel pero en días como ayer, que se presentó El cuarto de triques (Lengua de diablo, 2015) en la Casa del Lago, da cuenta de cómo se multiplica el cariño a través de los años.

Leer este libro de Miauricio Jiménez fue un paseo por los domingos de juntarse a leer poemas en Coyoacán (aunque en entonces no les llamábamos poemas sino choremas, choros, poemitos o cualquier otra cosa para huirle a creernos poetas: eramos poetoides). 2003 fue de algún modo el principio de los tiempos: todos estábamos descubriendo las ganas de escribir y reunirnos a escuchar los intentos de los demás era una manera de mirarnos en el espejo. Así fue que vi desde primera fila los intentos tempranos de algunos de mis textos favoritos del libro como Serena, La resaca o Me dueles dulce y que conocí al punto de luz que fue Diana en la panza de su mamá.

Pero más allá las historias compartidas con aquel grupo de amigos o el cariño sólido y duradero que siento por Mauricio, lo importante es decir que El cuarto de triques es resultado no sólo del talento de su autor (que abunda, pero el talento nunca es suficiente), sino de años de trabajo muy duro y de una voluntad irrompible incluso en las circunstancias más adversas. Sé también que tiene raíces profundas en su amor por los mecanismos sonoros del lenguaje y un interés genuino en su potencial lúdico.

Más que guardarlas en un delicado cofre de cristal, Mauricio toma las palabras como plastilina para amasarlas y ver qué figuras puede sacar de ellas. Sabe que están vivas y muerden, que están mojadas y escurren, que están sucias y manchan, pero no tiene miedo a ensuciarse las manos.

Mientras leía, imaginaba a Mauricio choreando en medio de la gente, gesticulando casi hasta el canto, moviendo los brazos y caminando de un lado a otro con su eterna chamarra de cuero negro. Los suyos son textos que están siempre pidiendo escapar del libro en busca de su mejor versión: aquella en la voz del autor. Las primeras veces que lo vi leyendo en espacios públicos me impresionó que se sabía todo de memoria. No quería ser de esos solemnes poetas que escriben sólo para otros poetas, le gustaba mirar a la gente los ojos mientras hablaba y establecer con los oyentes una comunicación directa. Le interesaba sacar la poesía a la calle de una manera radical.

Los textos de El cuarto de triques dan testimonio vivo (porque ya habíamos quedado que las palabras están vivas) de esta inquietud por el potencial escénico, hasta teatral, de la poesía. Su lírica es urbana, respondona, necia, rockera, entrona, impertinente. Sus personajes, insectos confundidos buscando el sol, hormiguitas bajo lupa de chamaco, arañitas escondidas en un rincón, moscas tarugas nadando en café, mosquitos esquivando el trapazo.

El cuarto de triques es un libro rascahuele: está hecho para tocarse y olerse, para usarse de mantel, para calzar una mesa, para prender una fogata. Las letras tienen alas, así que conviene arrancarle las hojas, doblarlas en cuatro y guardarlas en la bolsa del pantalón para leerlas en la banca de algún parque.

Con suerte te toca sentarte junto a él.


15823005_10157966540855591_2197958525960131106_nIsabel Zapata es una coleccionista de animales, los observa detenidamente y los deja pasear con libertad a través de sus versos. También fundadora del vago colectivo Poetoidesía Mexicana y un grato descubrimiento. Cuando uno pasea por sus ojos es casi imposible descifrar cuanto tiempo ha pasado estudiando el canto de las ballenas, pero se adivina que es uno de los pocos seres vivos que entienden la soledad de la ballena tuba.

 

 

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