I

11046252_10153346981984429_6744787265277580574_nNo recuerdo cuando conocí el mar. Probablemente yo era un bebé y no tenía mucha retención en la memoria, así que no puedo evocar ese momento en el que un pequeño de ciudad observa el horizonte inundado por primera vez. Mi infancia tuvo playa, olor a mar, ceviche, albercas de Acapulco, brisa, camarones gigantes en Manzanillo, reflexiones puñeteras caminando por la playa y coral. Tarde mucho en entender que el mar es un privilegio.

Andrea no conocía el mar cuando yo la conocí, tenía siete años y era la hermana menor de mi novia de adolescente. Cuando lo supe me pareció la cosa más triste del mundo. El pequeño Mau que caminaba solo por la playa inventando sus propias historias, sus propios videojuegos, sus propios cómics no podía concebir que Andreita no conociera el mar. El país estaba en crisis, la situación económica era difícil y más de dos años después, Andrea seguía sin descubrir el mar.

Hay crisis desde que tengo memoria. La forma más común de enfrentarla en mi infancia fue con Solidaridad, luego prometieron Bienestar para mi familia. A mis veinte se les prometió el cambio y nomás me tocó morralla. De ahí pa’l real ha sido más importante la sangre, la muerte, el crimen, la guerra. Pero la crisis y la corrupción son lo más estable que tenemos como nación.

Yo entendí que éramos más pobres de lo que creíamos en la secundaria. Descubrí que yo era de los que resaltaban en medio de tanto hijo de papi porque me era más difícil que para otros gastar dinero en maquinitas o en cómics o en tarjetas de colección o en nintendos. Sí gastaba, sí tuve cómics, tarjetas y nintendos, pero fue más difícil tenerlos, tardamos un poco más. También lo vi en mi ropa, en la calidad de mis pantalones, en la tela de las camisitas de gala de los otros, en mis tenis Settia, en la colegiatura atrasada. Yo no pertenecía a ese mundo, pero mi madre se empeñó en dármelo. Sin darme cuenta dejé de ir a la playa cada año, pero entiendo por qué fue: El mar es un privilegio.

11014916_10153332773084429_6560363752470919677_nMi hija conoció el mar después de los 9 años en una playa horrible de Veracruz en plena Semana Santa. Yo detesto dejar Mi Ciudad en Semana Santa. El eXDeFe queda limpio de gente, la banda siempre se aleja en esas fechas, muchos, muchísimos se van al mar. Creo que el año en que mi hija conoció el mar todos fueron a Tecolutla. Ahí estaban poblando la playa. El mar que conoció mi hija se parecía más al metro Pantitlán que al mar que yo conocí.

Lo peor que me pasó en la playa fue que los horrendos hijos de unos amigos de mis padres —con quienes compartíamos el viaje— me aventaron un pescado muerto que se encontraron en la playa. Sus escamas me lastimaron la pierna. Sus ojos muertos clavados en mí, sus dientes en sierra incapaces de contener la vida, sus branquias hendidas y quietas, su cola rota… todo eso se grabó en el recuerdo más espeluznante que tengo del mar. Pegué un brinco de auténtico susto, un grito de asco y me alejé de ese lugar. Seguramente me fui a llorar a escondidas, no les iba a dar el gusto a esos magníficos hijos de la chingada.

Lo peor del mar no fue el mar, fue la gente.

Recuerdo una tarde que me puse a caminar por la playa, llevaba mi walkman y alguna cinta que no recuerdo. Me tiré a caminar y caminar. Mi primera meta era terminar un lado del cassette, entonces emprender la vuelta. Pero el walkman se quedó sin pilas y yo ya me había propuesto llegar a unas rocas que se veían a lo lejos. Las alcancé e intenté treparlas para ver qué había del otro lado.

Tengo un hermano temerario, desafía a la muerte desde morrito, una vez desafió al mar, pero yo no soy como él. Yo me detuve a pensar qué pasaría si me caía y me partía la crisma ahí lejos de todos, sin que nadie supiera dónde estaba. Además quizá el sol se pondría en mi intento y yo ya no podría ver dónde pongo los pies o cómo regresar. Me di la vuelta y regresé al la playa del hotel. Caminé junto al vaivén de las olas mientras el sol se ponía. Fui un lindo cliché. Volví a mi habitación y mis padres no habían puesto el grito en el cielo ni ninguna de esas cosas que ponen los padres cuando no encuentran a sus hijos.

La hija ya conoció otro tipo de mar, uno más privilegiado, sin muchedumbre. El mismo mar que yo visité muchas veces de niño. El mismo que fue encarado por mi hermano. También conoció algo que yo no conozco: caminar con su padre por la playa mientras el sol se pone a nuestro lado. Pero ese cliché del adolescente caminando solo en la playa durante el ocaso es algo que tal vez no conocerá mi hija. ¿Podría caminar por las playas de su país sin el temor a ser levantada? Ya no sé si es un privilegio de género, de clase o de nacionalidad.

 

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En San Luis Potosí trabajé como guillotinista en una imprenta. Es lo más cerca que he estado a una línea de producción y a pertenecer a la clase obrera. Ganaba una miseria y aún así ganaba que mis compañeros. A ninguno nos alcanzaba para nada, lo cual estaba bien porque tampoco teníamos mucho tiempo libre. Ansiábamos que nos asignaran horas extra para ganar más dinero, pero una miseria multiplicada por tres sigue siendo una miseria. La primera prioridad en la vida del trabajador es no morir de hambre, la dignidad pasa a segundo término, ni hablemos del esparcimiento. Viajar es un privilegio. El mar es un privilegio.

En esa imprenta me convertí en una persona muy despreciable, en un hombre privilegiado que le presume a otro las playas que conoce. Antes debo decir que mis compañeros de trabajo nunca me vieron igual. Yo era el güero, el chilango. Mi aspecto es más parecido al de los patrones, güeros gordos, engreídos potosinos que hacen alarde de su poder adquisitivo y se pavonean ante el hambre. Yo sólo soy güero, gordo y vivía en una zona más privilegiada que mis compañeros. Pero a la hora de los cheques ganaba sólo unos cuantos pesos más que ellos y a la hora del taco compartíamos la salsa.

Un compañero, Pepillo, llevaba unos quince años trabajando intermitentemente en la imprenta. Hijo de la necesidad con la dentadura incompleta. Un pasado pandillero y el gusto por el activo, la mona, lo mantuvieron durante años en la misma dinámica en el mismo puesto, el mismo sueldo, con sutiles incrementos de ley. Finalmente la mucha necesidad y una jura a la virgen le habían dado cierta estabilidad y mantuvo su chamba de chalán, correveidile, era humilde y noble, pero desmadroso y algo huevón. Por eso nos llevamos bien. Él era Mi Chingón, o nomás el Mi.

El almacén estaba a mis espaldas, no era mi labor, pero a veces fungía de cancerbero. El encargado era el hijo menor del dueño, nuestro capataz era su tío. Este par de cabrones estaban platicando un día en el almacén. Se hacían pendejos de lo lindo hablando de las próximas vacaciones que se darían. Hablaban de playas y mar y sol. Entró Pepillo a pedirles material para la chamba. Ellos lo metieron a su plática muy amablemente, le hablaron de las maravillas del mar, de la arena gruesa de Tamaulipas entre los dedos gordos de los pies. Del placer de tumbarse al sol a disfrutar una cheve bien fría mientras contemplas a las muchachas en bikini. «¿A ti te gusta la playa, Pepillo?».

11219017_10153332772129429_7388887335831178620_nHay un tipo de gente muy mierda que disfruta humillando a los demás, encumbrados en su posición económica encuentran gozo en menospreciar al que tiene menos. Estos sujetos son de esa calaña. Se debe ser una persona muy ruin para preguntarle a un compa que no ha tenido la oportunidad de salir de su ciudad porque su salario apenas le alcanza para no morirse de hambre. Ellos lo sabían. Ellos son quienes le pagaban ese salario de mierda. «No, yo no conozco la playa», fue la sincera respuesta de Mi Chingón. «Deberías ir un día a Ciudad Madero, no está tan lejos de aquí de San Luis», le respondieron quienes le descontaban dos días si faltaba uno.

Honestamente no estoy seguro de que Pepillo supiera que se estaban burlando. Que ese par de gordos se estaba riendo de él y no con él, que su risa era de una naturaleza muy distinta a la suya. Yo estaba en lo mío, incómodo con lo que escuchaba y un par de veces los miré con desprecio. Alguno debió notarlo, me llamaron a su tertulia. «¿Y usted conoce el mar, Mauricio?». Me di la vuelta, me acerqué a ellos. «Pues… no conozco Ciudad Madero. Las playas que conozco están del otro lado del país. Yo conozco el Pacífico: Ixtapa Zihuatanejo, Acapulco, Manzanillo… ¿Conocen Manzanillo, Colima? El agua es más serena que Acapulco, el arena es finita, suavecita». Mientras yo describía las playas que conozco a mis pagadores les fue cambiando el semblante. Mi descripción del mar resultó ser más privilegiada que las playas que ellos conocían. La descripción de una arena fina contrastaba con la experiencia agreste de Tampico y su arena gruesa. Los gordos nos mandaron a trabajar. Mi Chingón seguía sonriendo, quizá nunca se dio cuenta de lo que pasó.

Pepillo comenzó a salir con una compañera, Sofía. Andaban muy orondos garceando por aquí y por allá. A Sofi parecía no importarle la falta de dientes en los besos de Pepillo y Mi Chingón se veía muy contento al sostener en la mano el cariño de una muchacha. Creo que Pepillo le doblaba la edad, pero no parecía importarle a nadie. Ambos eran inocentes a su modo, parecía que la mala leche no estaba al alcance de sus posibilidades económicas. Sofía tampoco conocía el mar. Juntos hicieron lo que hacen los novios cuando se quieren y se encueran y no lo piensan mucho: borraron los límites del otro y engendraron un bebé. No hizo falta playa ni luna de miel, ni boda. Dejé de verlos antes de que naciera su criatura, ni siquiera sé si será Pepilla o Sofío. No es que piense mucho en ellos, pero a veces los recuerdo y me pregunto si su bebé conocerá el mar. Las probabilidades son muy bajas… El mar es un privilegio y el mundo, una injusticia.

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