Era la tercera vez que el diablito panzón se encontraba al pinche gato esperándolo en el cuarto del niño Santiago. Ya sabía lo que el minino le iba a decir: «Si me cuentas todos los pelos, dejo que te lo lleves». ¡Era el pinche colmo! La primera vez hicieron un desmadre todo el cuarto y no lo pudo ni tocar. La segunda lo agarró tras un chingo de arañazos marca gato, pero no alcanzó a contar unos 1357 pelos de la cola cuando se despertaron en la casa y ya no pudo seguirle. Pero ahora… [inserte aquí la risa macabra de su predilección] ahora venía preparado: traía una rasuradora eléctrica y una lata de sardinas. ¡Ya no iba a ser la burla de todos en el Infierno! Después de dos que tres gatazos y diablazos «¡Aguanta!» le gritó el diablo mañoso al mañoso gato y abrió la lata. El gato miró al diablito desconfiado, miró la lata desconfiado, se acercó desconfiado, la olió desconfiado y se la comió con confianza. La neta, la neta, es que tenía hambre y jamás de los jamases en todas sus gatunas vidas su familia humana le había dado tamaño regalote. Y monchis, monchis, el gato se comenzó a zampar la sardina y cuando iba como a la mitad, el diablito, ¡tenga! que lo pepena bien del lomo y bzzz que lo rasura todito. «¡Tómala, pinche gato pendejo! ¡No tienes ni un pelo!» El gato lo miró encabronado, pero nomás le preguntó «¿Seguro? ¿Seguro que no tengo ni un solo pelo?» El diablito le revisó el lomo pelón, la cola pelona, revisó enterito al gato pelado y cuando lo miró a la cara se dio cuenta… Le contó los bigotes y por puro gusto se los arrancó uno por uno. El gato pendejo se sintió mal, jodido, turulato, apendejado, encabronado y, por si fuera poco, feo. El diablito lo sabía y le dijo «¡Ora sí, pinche gato feo!» No te queda ni un solo pelo. El gato triste y emputadísimo le preguntó de nuevo «¡Seguro, cabrón?» Y el diablito triunfal y orgulloso como el diablo: «Segurísimo, pinche gato pelón». Entonces, el gato se empezó a retorcer y como a convulsionarse. Aj, aj, aj, le hacía el gato desde la garganta y el diablito pensó que ahí mismo se le moría, que en cualquier momento iba a echar las tripas por el hocico, que de plano se iba a voltear todito. Pero nel, el gato nomás echó tosiendo una bola de pelos gatunos con baba gatuna y olor a sardina de lata. El diablito miró con asquito esa especie de caca al revés y le mentó su perra madre al gato que ya estaba terminando de echarse la sardina de la lata. «Si los cuentas, te lo llevas», le dijo al diablito y se trepó a la cama para acurrucarse a los pies calientitos de Santiago. «Pinche gato mamón», le dijo el diablito que nomás tocó la bola de pelos y se guacareó como borracho mezcalteca jurando que no vuelve a chupar. El gato se quedó jetón y el diablito… el diablito se fue a molestar a un niño con perro.

—Miauricio Jiménez, San Luis Potosí, 2008.


Pelo de gato fue publicado en el número 4 de la revista digital Penumbria (2012), también fue incluido en la recopilación conmemorativa por su primer aniversario, Penumbria: Año 1, Ediciones Penumbria/KGB (2013).
Ilustración: retablo de Selva Prieto Salazar

Share
Share