Anécdota publicada originalmente en Facebook el 12 de junio del 2015.


Camino por un paso estrecho sobre avenida Universidad, flanqueado por estrictas jardineras que defienden estoicas el libre paso del peatón. Fueron colocadas para evitar que se instalen permanentes puestos ambulantes como los que están unos metros al norte de este paso. Sí, procuran el paso del peatón limitando su paso.

En este estrecho apenas caben dos personas juntas. Yo voy solo, camino pegado a mi derecha como cortesía a quienes circulan en sentido contrario. Frente a mí, un par de chicas caminan sin prisa, una junto a la otra, entorpecen el tránsito, se ralentizan, una se adelanta y la otra se repliega para ceder el paso de los otros. Así sucede cada vez. Su charla parece ser mucho más importante que la urbanidad, andar tomadas de la mano es definitivamente mucho más importante que la prisa del mundo. Yo las miro y me quito la prisa, ando detrás de ellas sin refunfuñar.

Me rebasa un vivales, un muchacho delgado y corrioso, de esos que viven con demasiada prisa como para reconocer a El Amor. Al pasar junto a mí musita un ligero «tsssss, qué rico» y apretó más su apresurado paso. Giré mi pie y le puse una zancadilla que lo hizo trastabillar y casi detenerse. Se me queda viendo incrédulo, envalentonado, enfurecido a centímetros de mi cara. Quizá esperaba una disculpa o una provocación. Yo resoplé por la nariz, eché en su cara el aire que menos necesito. Las chicas ni cuenta se dieron, se adelantaron unos metros en su paso aletargado. El fulanito siguió andando, ya sin verme, y en la primera oportunidad se bajó de la banqueta para caminar deprisa sobre el arroyo, quizá porque las jardineras que cuidan nuestro libre paso estorban demasiado.

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