A veces quisiera estar solo. Pero solo de veras, no de esas soledades rodeadas de gente que nomás son un pinche cliché sufridor para echar tragos solitarios como aquí en esta barra. Yo digo solo de veras. Ya ni me acuerdo cómo es, qué se siente. Ya va para tres años de la última vez… Gallo, ponle otra al señor, yo la pago.

La Luisa me había mandado al carajo. ¡Cómo me dolió esa vieja! Se fue sin decir ni agua va. Un día volví a la casa y ya no estaban sus cosas. La verdad se había ido desde antes, pero ni cuenta me di. Sentí ese pinche dolor del que hablan las canciones. Pasé como dos semanas pisteando porque no quería estar en la casa, no sabía estar ahí solo, sin ella… o sin la idea de que Luisa pudiera estar ahí.

Un día llegué bien borracho. Apenas iban a dar las doce, pero yo había estado toda la tarde aquí en la cantina del Gallo escuchando puras rolas del José Alfredo y de José José, esos cabrones que le saben al pinche dolor y la soledad. Hice un desmadre al volver a casa, hasta se asomó la vecina del 3, pinche vieja chismosa. Me metí al baño ni sé pa’ qué. Me agarré del lavabo y me vi en el espejo todo borracho por culpa de la Luisa. Me lavé la cara porque sentí que venían de nuevo las pinches lágrimas y qué pinche pena que te vean llorar del otro lado del espejo. Pero ya no me aguantaba, ahí venía de nuevo el puto coraje, el pinche dolor, el encabronamiento… y acepté lo que no había querido aceptar. Vi mi carota de borracho pendejo chillando y me dije en voz alta, «Estás solo, pendejo». Fue cuando la oí por primera vez. Una voz quedita… No, no era una voz, era como un quejido, algo raro que decía clarito un largo y ronco «No».

No supe qué hacer. Le juro que se me bajó la peda. Me quedé viendo el baño a través del espejo, no tenía los güevos para voltearme. En eso vi una sombra en la cortina de la regadera, parecía una sombra de mujer. En el reflejo vi cómo alargaba el brazo, cómo abría la cortina… Me volteé para ver si era cierto lo que del espejo y ahí estaba ella, con su quijada rota, la mirada vacía y los brazos extendidos hacia mí. Yo no tenía ni pa’ donde hacerme, me acorraló contra el lavabo y me rodeó con sus brazos podridos, me abrazó fuerte y me dijo al oído arrastrando su voz muerta… «No estás sólo». Me desmayé. ¿Quiere otra? Yo la pago.

Desperté tirado en el piso del baño. Me revisé la cabeza buscando sangre o algo. No me rompí la madre con el lavabo ni la taza y eso me parecía un milagro. Ese día ya no quise chupar. Me reporté enfermo al trabajo y me puse a escombrar la casa. En dos semanas la había convertido en un chiquero y en menos de seis horas la arreglé. Sentí que había tocado fondo, como dicen. La alucinación del baño fue espantosa, se me ponía la carne de gallina nomás de recordarla. Ese día terminé cansadísimo, me tumbé en la cama, pero no soportaba mi propio olor; el sudor del quehacer se mezclaba con los residuos de la borrachera anterior. Al final pudo más la peste que el cansancio y mejor me levanté para bañarme antes de dormir. Ya no me da pena confesar que seguía espantado, abrí la cortina despacito y con miedo. No había nada. Me sentí como un idiota y me metí a la regadera. El agua estaba muy caliente, toda la pieza se llenó de vapor. Al salir me quedé viendo el espejo casi todo empañado, una frase escrita con el dedo se escurría entre las gotas condensadas: «Ya no estarás solo». Borré las letras y me salí de volada.

Minutos antes de la medianoche estaba en mi cama buscando una explicación. Quizá en mi borrachera anterior yo mismo me dejé ese mensaje. Me quedé dormido intentando entender qué pasaba. Soñé que volvía Luisa, que me encontraba asustado en la cama y se metía junto a mí, me abrazaba por la espalda y me acariciaba el cabello siseando un arrullo que no reconocía. Pasaron iguales los días, del trabajo a la casa al sueño. Me enteré que estuvieron a punto de correrme por briago, los compas ya se habían cansado de taparme con el patrón. No los culpo. Salvé la chamba por la Virgencita, me juré por dos años y le cumplí: ni una gota de alcohol. No la sufrí mucho, nomás tenía que volver a casa directo de la chamba y de ahí al sueño, siempre el mismo sueño: Luisa vuelve por las noches y se acurruca en la cama detrás de mí, sisea su arrullo mientras me acaricia el cabello.

Suena loco, lo sé y se pone peor. Pida, pida, yo invito. No le cuento esto a todos ¿sabe? Pasaron como dos meses así. Un día me desvelé viendo una película, de esas bobas que le gustaban a Luisa donde dos enamorados se encuentran a pesar del tiempo y así, y me fui a dormir tarde. Nomás me acosté en la cama y sentí clarito que Luisa se acostaba detrás de mí y comenzaba a sisear igual que todas las noches, excepto que yo estaba despierto. El arrullo se volvió de pronto aterrador, me armé de güevos y giré bruscamente. Recostada a mi lado, siseando el arrullo que me había acompañado los últimos meses estaba ella, la mujer del baño con la quijada rota y la mirada vacía, estirando las manos hacia mí. Corrí por la casa desesperado encendiendo todas las luces, pero en todos lados estaba ella. Ella en la sala con los brazos extendidos. Ella en el pasillo ofreciéndome consuelo. Ella en el comedor tratando de decir algo con su voz rota. Me escabullí y me encerré en el baño. La sentía caminar por toda la casa, veía su sombra por la rendija. Me tiré en piso desesperado, la escuchaba del otro lado de la puerta. Me hice bolita en el suelo y me solté a llorar de la desesperación hasta quedarme dormido. «Ya no estás solo, yo estaré contigo», entendí que decía su arrullo del otro lado de la puerta.

Quise tirarme al vicio de nuevo, escaparme en la borrachera. Pero pensé que era una prueba de la Virgencita y no quise fallarle. Dos años me aguanté. También intenté largarme muchas veces, pero no pude. Siempre debía volver a la casa por algo, el reloj, otro pantalón, la cartera, cualquier pendejada. Tardé en entender que era ella lo que me faltaba. Dejé de hacer maletas y simplemente acepté su consuelo.

Ella llega pasando la medianoche, pero siempre está conmigo. Durante el día se esconde en los reflejos, hasta tenemos un juego, yo la busco en los espejos y le sonrío cuando la encuentro. Debo reconocer que me va mejor, me subieron el sueldo, me cambiaron de puesto, la gente me respeta. A veces creo ver algo de miedo en ellos, pero es respeto a fin de cuentas. Yo creo que es la pura seguridad de uno y la envidia de los demás. Es bien cabrón eso, por ejemplo, yo nunca fui así el super galán, pero de un tiempo a acá las viejas me miran distinto, me buscan, se me repegan. Como dicen que pasa cuando eres casado, sí sabe cómo ¿no? Pero ella es bien celosa, no me deja echar ni una canita al aire. Ya desaparecieron dos compañeras de la chamba con las que yo cotorreaba. La gente dice que se escaparon con el novio, pero yo sé que no, sé que ella se las chupó, reconocí los aretitos de una en el piso del baño. Ni modo de hacérsela de tos, bien sé que pude hacerle una cabronada… Después de todo, cuando te sabes amado no te queda más que corresponder y ya luego las cosas se enderezan ¿no? Pero sí tengo que reconocer que a veces quisiera estar solo. ¿Otra? ¡Otra!

Terminó mi tiempo de jura, pero me la seguí sobrio. Ya sé que no era la Virgencita ni qué ocho cuartos, era el pinche miedo que me da ella. Porque no se crea, no es fácil, el miedo no se va. Yo creo que ella no era fea cuando vivía, chance hasta estaba guapa, pero así con la quijada rota y la piel muerta sí te saca de onda. Nunca me ha querido decir qué le pasó. Le ha de dar pena. A lo que sí ya me acostumbré es a su abrazo, a ese hueco que se siente entre su pecho y el mío.

Pero no todo es fácil, no es fácil saber que nunca estás solo, por eso vengo de vez en cuando aunque yo ya no tomo. Veo las soledades de otros y me acuerdo de cómo era yo sin ella. Ella sí se emborracha a veces, es cuando hacemos el amor… Ya sé que no me cree nada, que nomás me está dando el avión porque está bien briago. Siempre es lo mismo, les cuento todo y me tiran de a loco, se aguantan porque les paga uno la peda. ¿Quiere conocerla? Ya van a dar las doce. Ella no tiene bronca, le gusta que lleve amigos a la casa, nomás así se emborracha. Anímese. Vamos. ¡La cuenta, Gallo!


No Estás Solo fue publicado en la antología La Noche y la Luz. Fábulas de lo Extraño (Ed. Lengua del Diablo, 2017).
Ilustración: Tino Tello.

Dulce Compañía

Tino colgó la imagen a su Facebook y contó la historia de un compa que la inspiró. El compa lloraba ebrio frente al espejo del baño y todo el peso de la soledad acompañaba su borrachera. A sus espaldas la visión del espanto: una mujer con la quijada rota salía de la regadera y le decía «No estás solo». Tino hizo el dibujo inspirado en la anécdota y yo escribí el cuento inspirado en ambos. ¿Un trago? Yo invito.

MJM

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