Palabras de Svetlana Garza, poeta y traductora,
durante la presentación de El cuarto de triques en la FIL Zócalo, 2015.


Miauricio me cae bien porque no se anda con mamadas rimbombantes y auto complacientes. Si su poesía tiene que tener nalgas se las pone, pero tampoco la llena de nalgas, nalgas, nalgas gratuitamente para que volteemos a ver a fuerzas. También hay mariposas en sus poemas, un chingo, pero puede ser porque creció escuchando a Silvio (y sobrevivió). Se necesita cierto ingenio para meter una mariposa en un libro sin apachurrarla. Se necesita cierta sensibilidad para amar a una mariposa.

En los poemas de El cuarto de triques las personas pueden estar hechas de las cosas más insólitas, pueden ser seres de polen, o de hierba y andan por ahí como si sin ser descubiertos hasta que un verso más adelante los delata una seña particular. El otro día que leía el poema de la carie en el corazón, me gustó imaginarme a mi corazón como un diente, un poco duro y un poco hueco, dentro de su correspondiente agujero en el pecho pero que en este caso sería una boca, porque ahí van los dientes y ahí van las caries, pozos en el pozo, del pozo en el que estamos por convertirnos. También me dieron ganas de que me hubieran explicado así el mundo cuando era niña.

Ese mismo día, me encontré una cita de Elliot, sobre la complejidad en la poesía que, aparte de hacerme sonar más seria, viene mucho al caso: «La complejidad, sin embargo, no en sí misma una meta apropiada. Su propósito debe ser, en primer lugar, la expresión detallada de matices más tenues de sentimiento o de pensamiento y, en segundo lugar, la introducción de un mayor refinamiento y variedad musical. Cuando un autor, en su predilección por la estructura elaborada, parece haber perdido la habilidad de decir las cosas sencillamente, cuando su adicción al ornato se vuelve tal que dice elaboradamente lo que debería decir con sencillez y, por ende, restringe los alcances de su expresión, el proceso de complejidad deja de ser saludable y el escritor empieza a perder contacto con la palabra hablada».

A Miauricio no le pasa eso, sus poemas no pierden de vista ni al habla, ni al escucha. En resumidas cuentas, Miauricio no es de esa pinche gente horrible que arruina la poesía, (ustedes saben de quienes estoy hablando). Están por todas partes, minando lo bonito. Los puristas y puritanos del lenguaje deberían estar todos muertos. Mauricio no es de esos que defienden la ortografía a capa y espada, de los que defienden la norma por la norma y creen que por eso conocen el lenguaje. No es uno de esos reyes de pomposilandia que versiculan en esdrújulas o que hacen listas interminables y aleatorias en busca de un crescendo que nunca llega por más que levanten el tono de voz y se les salgan los gallos y se les quiebre la garganta de darse cuenta de que su poema ya duró mucho y no ha llegado a ningún lado. Tampoco es uno de esos imberbes (ni de barba ni de verbo) que creen que tener un “amor bien bonito” los califica para hablar al respecto.
Además, Miauricio no rima, eso siempre es un alivio.

Del libro me gusta el contraste entre sus espacios cerrados, pequeños pero atiborrados hasta el infinito y sus espacios abiertos pero limitantes, constreñidos. ¿Ven? Así de fácil, poético pero sin faramalla; hay espacio para llorar a los viejos y arrullar a los niños, hay un chingo de noche en sus poemas, y aunque un poquito abrumados no alcanzamos a sentirnos aplastados por la oscuridad. Gracias a dios Miauricio no anda por ahí haciendo poemas de esos “oscuros”.

El cuarto de triques invita a hacer un reguero. Habría que copiarle y hacer poesía para estar de buenas, o para estar tantito tristes pero sin amarguras. Habría que jugar con el lenguaje como si fuera nuestro, como si lo hubiéramos inventado de niños, o de primates, como si las cosas no se parecieran en nada a sus nombres y a penas pudiéramos tocarlas con ellos. ¿Sería tan grave que de tanto jugar, se nos rompieran los triques? ¿que se hicieran otra cosa? ¿Sería tan terrible que tratando de hacer poesía, nos saliéramos de la línea punteada y termináramos haciendo otra cosa?

Dice Ortega y Gasset que «Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua». Yo creo que Miauricio escribe bien y eso es algo difícil de decir honestamente. A muchos poetas de la academia les hace falta calle, pero los poemas de El cuarto de triques tienen calle suficiente y se recorren sin diccionario. Me gustan porque son poemas cotidianos, con cervezas y sándwiches, con insecticidas y matamoscas, qué poeta tan incluyente que le da lugar a todo bicho y a todo planeta, qué bonito título también. El cuarto de triques está escrito así como dice T. S. Elliot, «sin perder la capacidad de recurrir a una sencillez directa, breve y sorprendente».


IMG_20161222_173547Svetlana Garza es traductora en Piedra Rosetta y una poeta capaz de escribir los versos más punzantes y deliciosamente dolorosos para un masoquistas emocionales. Dicen que su lengua es la piedra angular de los idiomas y que quien la roza queda tocado de por vida.

 

 

Share
Share