Hay una entrada al Infierno en la colonia Escandón,
un zaguán de vecindad,
unos peldaños cubiertos de aserrín.

Todos los vecinos saben donde queda,
las chismosas del barrio se persignan frente a la puerta,
los escuincles en sus bicis
.                                   pasan como si nada
.                                                          a todo pedal
y miran hacia dentro como sin querer.

Afuera se reúne la pandilla,
los malandros con sus anforitas de panal,
el toque que rola,
.                      la bacha que quema,
la estopa del Sonrisas que viene y va,
los teporochos de La Pirata,
.          —genios del alacranazo curado—
cada quien trae su propio boleto
al otro lado de la realidad.

Puedes llegar por metro Tacubaya
saliendo por la calle de la Doctora,
lleva morralla para Caronte,
te avienta a sus cancerberos si no le das.

No se escuchan lamentos desde afuera,
no huele a azufre de este lado del zaguán,
no se siente el calor de los mil diablos
ni se purgan los pecados hasta el fin de los tiempos.

Ahí no vive la creatura del Armagedón,
no está encerrado Caín,
.                      ni gobierna Lucifer.
Tampoco hay una placa que pide amablemente
.                      que se abandone toda esperanza.

Pero adentro hay un hoyo negro,
.                                              profundo y doloroso
como borrachazo al pie de la escalera.

Manos que se extienden mendigando fe,
pupilas que intentan leer los labios de Dios,
agujas trozadas que pinchan en hueso
.                                              y sed,
.                                                          mucha sed.

Hay una entrada al Infierno en la colonia Escandón
pero lo difícil no es entrar
.          ni bajar sus escalones,
.                      incluso es sencillo salir de allí.

Lo difícil es no volver,
.          lo cabrón es pasar como si nada
.          y mirar hacia dentro como sin querer.

—Miauricio Jiménez, Nativitas, 2011.


Ilustración: Héctor E. Jiménez.

Diablito
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