«Otorgaré la mano de mi hija a aquel gallardo príncipe que conteste tres sencillas preguntas», anunció orgulloso el gordo rey, pero antes de que pudiera formularlas, la princesa se le dejó ir a los rasguños y las patadas gritándole, «¡Mi cuerpo es mío, no puedes regalarlo!», y entre la contundencia de sus argumentos y lo filoso de sus uñas, el rey comprendió que en efecto, no tenía autoridad sobre su hija, y para el caso tampoco tenía ningún derecho sobre la vida de sus súbditos, así que mientras le seguían cayendo puñetazos y mordidas, agarró una maleta de dinero y huyó para siempre de los cuentos infantiles.

EPÍLOGO:
La princesa se fue con el fornido jardinero del palacio. El pueblo le estuvo tan agradecido que jamás sintió la necesidad de levantarle una estatua.

Rodrigo Solís

México, 1970

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