El 2016 fue el año de la Gran Tribulación. Todo comenzó el 28 de diciembre del 2015, Dios se llevó a Lemmy para sumar la gravedad de su voz a un egoísta coro celestial. No fue sencillo dar la noticia. Nadie quería creer a los mensajeros, pensamos que se trataba de una broma por ser el día de los inocentes. Con el transcurso del día no nos quedó más que aceptar la verdad. Dios nos arrebató a Lemmy Kilmister.

Bueno, ahora lo damos por sentado, pero en ese momento algunos aún dudábamos de la existencia de Dios. En aquel entonces a nadie se le habría ocurrido que Lemmy tocaría heavy metal acompañado por una orquesta de ángeles. Fueron impensables las revelaciones que sucedieron al principio de año, pero hoy es todo tan evidente que los negacionistas son cada vez menos y sus argumentos resultan patéticos. Como nos dijeron en su momento: «El que tenga ojos, que vea; el que tenga oído, que escuche».

Hoy resulta evidente que Dios comenzó a llevarse a sus elegidos. Casi ni pusimos atención al presagio ominoso que representó Blackstar, el último disco de David Bowie porque dos días después nos embargó la desolación, el luto, la pena, el dolor incubado en su ausencia. Bowie partió dejándonos su profecía, ese extraño legado amoroso, ese lamento desesperado. Es evidente que no quería partir, pero ya no tenía nada que hacer en la Tierra. Huérfanos de su música, no supimos interpretar su mensaje. Dios llamó a su lado a David Bowie y lo sentó a su derecha como uno de sus hijos predilectos.

La humanidad seguía en lo suyo, demostrando la razón por la que somos la especie dominante del planeta, creciendo, colonizando. Envanecidos por avances tecnológicos mientras hacemos gala de desplantes de barbarie y estupidez, esa dualidad que parece ser un rasgo humano. Mientras Arabia Saudita ejecutaba a 47 personas acusadas de terrorismo y Corea del Norte detonaba su primera bomba H, la comunidad científica detectó las ondas gravitacionales que comprobaron la teoría de la relatividad general de Einstein. Mientras el Dáesh perpetra un ataque suicida que dejó cerca de 250 muertos, la sonda espacial Juno ingresó a la órbita de Jupiter. Hoy parece obvio: Cada vez que comprendimos mejor al universo nos acercamos un poco más a Dios. Cada descubrimiento representaba un piso más en la moderna Torre de Babel. Nos acercamos demasiado y nuestra soberbia fue rematada con el mismo castigo que cuentan las Escrituras: la imposibilidad de la comunicación, el triunfo de la estupidez, la incapacidad para construir juntos. La gente votó a favor del Brexit, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea; la gente votó en contra de que se firmara la paz en Colombia; la gente votó para que Donald Trump fuera el último presidente de los Estados Unidos. El odio triunfó, la guerra triunfó, la xenofobia triunfó, el miedo al otro, al extraño, al diferente.

El arrebato de Dios continuó, los elegidos eran marcados y llamados a su lado. Es evidente que nuestro cine y televisión llegan al cielo, muchos actores estaban en la lista: Alan Rickman, Gene Wilder, Bud Spencer, Mario Almada, Anton Yelchin, Gonzalo Vega, Zsa Zsa Gabor, ¡Carajo, hasta el profesor Jirafales y R2-D2 fueron llamados a su lado! Pero jaló parejo e implacable en varios ámbitos, llamó a Umberto Eco, a Muhammad Alí, a Darío Fo, a Alberto Laiseca, a Eliseo Subiela, a Vera Rubin, a don Margarito Esparza Nevárez, a John Glenn… Sudamos frío cuando supimos que Stephen Hawking fue hospitalizado tras visitar al Papa Francisco.

Pero la mayoría de los elegidos resultaron ser músicos. Algunos dolieron regionalmente como Lalo Tex y nuestro Juan Gabriel, el español Manolo Tena, el australiano Jon English. Otras ausencias fueron de nicho o de culto, como la de Pete Burns en la comunidad queer, Merle Haggard en el country o la del director de orquesta francés Pierre Boulez. Pero hubo otros que pesaron al mundo entero. Ya mencioné a Bowie, pero no olvidemos al artista antes conocido como Prince, a Leon Russell, a Glenn Frey de los Eagles, a Paul Kantner de Jefferson Airplane, a Maurice White de Earth, Wind & Fire, a Keith Emerson y Greg Lake… Para mí quedó claro cuando raptó a Leonard Cohen: El arrebato había comenzado y Dios estaba armando un supergrupo.

Hoy estoy convencido de que vimos romperse los siete sellos de los que habla San Juan en su Apocalipsis. Yo ya he identificado tres de ellos: Uno, Barack Obama visita Cuba, el primer presidente gringo en pisar la isla desde el triunfo de la Revolución. Dos, se rompe la maldición de la cabra y los Cachorros de Chicago ganan la Serie Mundial después de 108 años. Tres, un músico es galardonado con el premio Nobel, la academia sueca reconoció la obra, la trayectoria y la aportación de Bob Dylan a la literatura a través de sus canciones. Tal vez la sonda Juno rompió uno de los sellos al cruzar el cinturón de asteroides, otro se derritió con el hielo ártico a causa del calentamiento global, quizá había otro en el corazón de Fidel Castro y el último se rompió con la masacre de Alepo.

Las trompetas que sonaron durante las primeras horas del 2017 marcaron el principio del fin, el Armagedón comenzó con una fanfarria grave y estruendosa. Primero parecían sonidos aislados, una nota prolongada parecía venir del cielo y se repitió puntualmente cada hora. La noche se fue cerrando de nubes poco a poco, sólo los que seguíamos pegados a Twitter descubrimos que lo mismo pasaba en todo el mundo. Al anunciar la séptima hora, los metales profundos y largos nos hicieron alzar la vista, la luna era un filo plateado apenas visible tras el encapotado.

Al terminar la fanfarria se escuchó una voz como de trueno que dijo: «El que tenga ojos, que vea; el que tenga oído, que escuche». Se abrió una puerta en el cielo, una intensa luz blanca se abría paso entre la cerrazón de nubes. De pronto, una larga silueta recortó la luz desde su centro. Los brazos lánguidos colgando livianamente a un costado, la cintura ligeramente quebrada le daba cierta agilidad a la figura estática, el cuello inclinando elegantemente. El cuerpo andrógino se movía casi imperceptible siguiendo el ritmo de una música que provenía del cielo mismo. La silueta parecía crecer o acercarse demasiado hasta que otra luz le dio de lleno y pudimos ver su rostro compasivo, su mirada dispar y piadosa. La visión nos regaló su voz para entregar el primer mensaje: «I, I will be king. And you, you will be queen… We can be heroes just for one day».

Corrí a tuitearlo, pero David Bowie ya era trendig topic mundial. Pensé por un momento en hacer un live stream por Facebook o por Twitter, para compartir con el mundo lo que estaba pasando en nuestro cielo, pero caché uno desde Francia y otro en Australia: el mismo contenido al mismo tiempo en latitudes diferentes. Lo que estaba pasando, pasaba en todo el mundo. En el cielo, sonaron los primeros acordes de Changes, obviamente su banda de apoyo eran los arrebatados, Prince pasaba de un instrumento a otro con una facilidad increíble, en algún momento hasta tocó el saxofón, Emerson se aferró a su sintetizador, Lemmy no soltó el bajo, Kantner, Frey y Lake se fueron rolando el turno en las guitarras acústicas y eléctricas, rítmicas y melódicas, Leon Russell se sentó al piano, Nick Menza tocó la batería.

No tengo idea de cuantas canciones cantó Bowie, siento que faltaron muchas, pero al mismo tiempo creo que cantó todas. Starman, Life on Mars?, Moonage Daydream, Fame, Let’s Dance, Little Wonder, Aladdin Sane, Rebel Rebel, … Un momento especialmente bello fue cuando le pidió la guitarra acústica a Greg Lake y dedicó unas palabras al comandante Chris Hadfield. «Escribí esta canción porque no sabía que era tuya, Chris. Yo la puse en el aire, tú la llevaste al espacio» rasgueó el primer acorde y comenzó «Ground control to major Tom». Al llegar a la segunda estrofa el mundo entero se unió para el conteo regresivo. Ten. Nine. Eight. Seven. Six. Five. Four. Three. Tow. One. Liftoff. Entonces vino el primer temblor.

Cuando reaccionamos la tierra ya era un caos. El sol había oscurecido, era una bola negra con un filo dorado al rededor, primero pensamos que se trataba de un eclipse, pero la luna estaba lejos de él, había dejado de ser una cuña plateada, ahora era una inmensa bola roja color sangre. En el cielo, Keith Emerson comenzó a tocar una nota continua que atrajo nuestra atención nuevamente, Lake se quedó en la guitarra y sólo los acompañaba Prince en la batería. De pronto dejó esa nota y se siguió con las primeras de Tarkus, al llegar a la segunda parte, Lake comenzó a cantar. Algunos vimos a nuestro lado las almas de los muertos con vestidos blancos, absortos en la canción, en éxtasis como los que nos decíamos vivos.

Revisé Twitter y la gente reportaba haber visto jinetes en varias partes del mundo. Un jinete sobre un caballo blanco, arco y corona fue visto al norte de Canadá. A lomos de un caballo bermejo, otro jinete armado con una espada fue reportado en Palestina. En Australia vieron un jinete con una balanza montando un caballo negro. Sobre un caballo amarillo, en África, otro jinete empuñaba el hambre, la espada y la enfermedad, se hacía acompañar de fieras salvajes, cualquier cosa que le sirviera a matar. Con el pretexto de acabar con el jinete, el gobierno de Israel inició su último ataque sobre Palestina. En las alturas Lake cantaba «Clear the battlefield and let me see all the profit from our victory». Israel arrasó con todo, no quedó ni un muro en pie, ni un hospital, ni un palestino, no quedó ni tierra para habitar, sólo cadáveres, escombros y un jinete a lomos de un caballo bermejo que cabalgaba rumbo a Rusia. Al terminar el segmento Battlefield de Tarkus, Lake ligó la canción con Epitaph de King Crimson. Cantó la canción completa, Confusion will be my epitaph fue un reclamo doloroso para todos. Algunos comenzamos a llorar y al día siguiente seguimos llorando. Emerson, Lake y Prince volvieron a la canción original para cerrar con Aquatarkus, al salir del escenario celestial en llamas y los acompañó una lluvia de estrellas que se precipitaron a la Tierra. Entonces descubrimos a cuatro seres en el cielo, uno con cabeza de león, otro de becerro, otro de hombre y otro de águila. No decían nada. No soplaba el viento. Se hizo un silencio de media hora.

En redes sociales reportaban mucha gente desaparecida. Se dice que los ricos corrieron a esconderse en cuevas. Un ángel pidió a los jinetes que no dañaran la Tierra y algunos sintieron calma. El silencio de media hora fue roto por otro ángel que tomó un incensario con fuego del escenario y lo arrojó a la Tierra. El golpe hizo que el mundo se cimbrara, cayeron truenos, voces y relámpagos. Sonó una trompeta gravísima y su sonido dio paso a la batería de Nick Menza, los relámpagos resultaron ser las guitarras eléctricas de Leon Russell y la voz ronca de Lemmy nos llamó al ritmo de la música: «Listen up here, I’ll make it quite clear: I’m gonna put some boogie in your ear». La calma se tornó en nueva pesadumbre, en medio de una lluvia de granizo, fuego y sangre, Kilmister nos recordaba que nació para levantar el infierno. Al terminar la canción sonó otra trompeta, cada canción de Lemmy fue precedida por una trompeta y grandes tragedias. Tocó siete en total, a Born to Raise Hell le siguieron Sacrifice, Iron Fist, el mar se tiñó de sangre, cayó una estrella que amargó todas las aguas de los ríos, el sol y la luna fueron heridos durante una versión sinfónica de Ace of Spades, bajo la música de una orquesta de ángeles dirigida por Pierre Boulez, quedamos en penumbra. Cuando sonaba When the sky comes looking for you, otra estrella cayó en Darvaza y avivó el fuego del interior de la Tierra, todos los volcanes del mundo despertaron y reportaron actividad, algunos dejaron escurrir brotes de lava. Sonó una sexta trompeta antes de Overkill y un ejército de los jinetes acabó con la tercera parte de los hombres. Apareció otro ángel envuelto en una nube, su rostro era luminoso como el sol y sus pies columnas de fuego. Con un pie en el mar y otro en la tierra abrió la boca para que el espíritu de la vida entrara en los muertos sin sepultura, a nuestro lado vimos reanimarse los cadáveres de los muertos y nos preparamos para un holocausto zombie, nos armamos para defendernos, pero los muertos resucitados se quedaron igual que los espectros: atónitos mirando el escenario celestial, absortos en la música. Lemmy cerró con Rock’n’roll mientras apareció una mujer embarazada vestida de sol, con la luna a sus pies y corona de doce estrellas. También apareció un dragón escarlata de siete cabezas y diez cuernos que devoró al hijo de la mujer.

Lemmy dejó el micrófono y lo tomó Kantner, comenzaron a tocar Crown of Creation de Jefferson Airplane «You are the crown of creation and you’ve no place to go» mientras la mujer era perseguida por el dragón alrededor del mundo. Al escenario entró Signe Toly Anderson, para acompañar en la voz a Kantner en It’s no secret. Continuaron con Let me in y finalmente el ángel entre la tierra y el mar se apiadó de la mujer que escapaba de la bestia, le dió sus alas para que huyera. Anderson cantó White Rabbit mientras la mujer escapaba y cerraron con Miracles de Jefferson Starship «If only you believe like I believe, baby», nos ofrecían el perdón a través de la fe. Mientras tanto, los jinetes seguían esparciendo la calamidad por el mundo, aquel que montaba el caballo amarillo se complacía en liberar a las fieras encerradas para que repartieran muerte en su nombre

En plena reflexión se acercó Glenn Frey con su guitarra acústica y comenzó a cantar Tequila Sunrise «It’s another tequila sunrise, starin’ slowly ‘cross the sky, said goodbye» como si el mundo en verdad fuera el mismo de siempre. También se dio el lujo de cantarnos Hotel California, se siguió con The Heat is On. Comenzó a llover ligera, pero tenazmente, sin darnos cuenta, los ríos crecieron y se desbordaron, grandes inundaciones se llevaron ciudades enteras mientras un coro de ángeles acompañaba a Frey en el gospel que hizo de Soul Searchin’: «You know you can’t change this world, but you can change yourself. Let’s do a little soul searchin’, soul searchin’». Los espectros blancos se vieron especialmente atraídos por esta canción, como si Frey hablara directamente a cada uno de ellos.

Los gobiernos del mundo se reunieron para intentar detener el cataclismo. Putin sugirió bombardear al cielo, Trump lo apoyó. Muchos protestamos, pero no nos hicieron caso. Rusia y Estados Unidos se coordinaron para atacar al cielo, dispararon a una misma orden, pero no ocurrió nada, sus misiles seguían de largo. La razón emergió del mar, una nueva bestia con siete cabezas, una especie de leopardo con pies de oso y boca de león. Ciegos en su ira contra Dios, los líderes del mundo se postraron a sus pies.

El cielo ignoró su ataque, sobre el escenario divino, Prince armado de su guitarra eléctrica y vestido con un traje morado entró al ritmo propuesto por Emerson en el sintetizador, cantó Sign o’ the Times, parecía ridiculizar a los líderes del mundo «It’s silly, no? When a rocket ship explodes and everybody still wants to fly». Prince siguió cuestionandonos a través de Controversy, pero el Padre Nuestro a mitad de la canción se volvió una llamada muy poderosa a creer. Los agnósticos dejamos de dudar, sólo algunos ateos siguen renegando. Poco a poco las nubes iban tomando tonos violetas. Prince siguió con I Would Die 4 U, When Doves Cry, Nothing Compares 2 U, Kiss, Gold, Alphabet St., My Name is Prince, Baby I’m a Star… Caían grandes truenos y una pertinaz lluvia morada nos empapaba en la Tierra. La lluvia tenía el sabor del vino para consagrar, parecía obedecer los acordes de Prince y sin que nos diéramos cuenta nos marcó a todos. En algunas personas se hizo notoria alguna marca como si se estuviera bajo luz negra. La marca de la bestia, tres números seis entrelazados, era evidente en la piel de muchos. Otros fueron marcados con el símbolo que representó a Prince durante muchos años. Un ejército de ángeles bajó del cielo, armados de guadañas segaron la vida de los que ostentaban el número de la bestia, primero se desplomaban y después de unos minutos se levantaban como cadáveres sin voluntad. El ejército de muertos vivientes se incrementó y alzaron la vista al cielo, esperando el siguiente acto. Los marcados con la señal de Prince simplemente comenzaron a flotar hacia las alturas, todo esto mientras el músico cantaba «Purple rain, I only want to see you in the purple rain» en la Tierra algunos alzamos las manos despidiendo a Prince y embriagados por una dura melancolía.

Las ciudades fueron aisladas entre sí, un mar de vidrio y fuego se interpuso entre ellas. En el cielo, siete ángeles llenaron una copa cada uno con la ira de Dios. Estábamos aterrados, en eso comenzó un ritmo funky en el cielo como para tranquilizarnos. Maurice White comenzó a cantar Sing a Song de Earth, Wind & Fire «When you feel down and out sing a song, it’ll make your day».  Uno de los ángeles derramó su copa sobre la tierra y mucha gente murió de una úlcera maligna. Después supimos que todos habían adorado a la bestia. White continúo con Boogie Wonderland y Let’s Groove, al finalizar dejó el micrófono a Sharon Jones que sólo cantó This Land is Your Land de Woody Guthrie «Nobody living can ever make me turn back, this land was made for you and me». Eso inflamó el espíritu de muchos sobrevivientes, comenzaron a formar células rebeldes y se alzaron en armas contra los gobiernos del mundo y los adoradores de la bestia.

Jones dejó el escenario para Leon Russell. En el ínter, otro ángel derramó su copa sobre el mar y este se convirtió en espesa sangre de muerto. Russell comenzó a cantar Stranger in a Strange Land acompañado por el coro angélico, después se quedó solo frente el piano para cantarnos A Song for You y luego This Masquerade. A ritmo de Tight Rope un tercer ángel vertió su copa sobre los ríos y en segundos todos los depósitos de agua se convirtieron en sangre. Sólo tuvimos esa agua de sangre para sobrevivir a la sed.

Prince apareció nuevamente al frente del escenario con un saxofón, lo acompañaban las notas de Careless Whisper, junto a él, una luz blanca cenital por la que descendió flotando George Michael. Al terminar la canción un gigantesco órgano de tubos, bajo el mando de Russell, emergió detrás del escenario y un ángel vació su copa sobre el sol y se volvió tan grande que era imposible salir de la sombra sin quemarse. El lamento del órgano de Leon llenaba el mundo y paró de pronto para que George ofreciera su fe como si fuera una petición de la nuestra «‘Cause I gotta have faith, faith, faith…» También nos anunció la libertad con Freedom y otro ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, el mundo se cubrió de tinieblas, los que seguían sin creer mordieron sus lenguas quedando mudos. Se hizo un silencio y George Michael anunció que cantaría Somebody to Love con todo su respeto y cariño, un coro de ángeles negros lo acompañaba. A mitad de la canción se escuchó desde el fondo del escenario otra voz, una voz más aguda que alcanzó los tonos a los que George no llega, Freddie Mercury apareció flotando en el escenario en camiseta de tirantes con el símbolo de Superman y pantalón blanco. Al escenario se acercaron todos y en un solo coro nos unimos buscando alguien a quien amar. Después de cantar, Freddie, George, Bowie y Prince se dieron un gran beso entre los cuatro. Mientras compartían labios y amor, Lemmy comenzó a tocar el bajo de Under Pressure, Mercury se emocionó, jaló a Bowie al centro del escenario y comenzó con el scat mientras David arrancaba con la canción. Mientras esto pasaba en el cielo, un sexto ángel vació su copa sobre los ríos, estos se secaron al instante.

Despejaron el escenario y de pronto había una orquesta angelical, comenzaron a tocar Siempre en mi mente acompañados por un Juan Gabriel resplandeciente que parecía mirarnos a todos. Siguieron con Hasta que te conocí, Abrázame muy fuerte y cerró con Amor Eterno cantada a dueto con Betsy Pecanins. Todo era muy raro, hasta ese momento descubrí que su guitarrista era Lalo Tex. Pecanins se sacó el dolor del alma con rancheras en blues: Un mundo raro, Canción Mixteca, Que te vaya bonito. La cosa me pareció muy extraña, revisé Twitter para ver qué ocurría en el mundo y descubrí que era una especie de transmisión regional, en Londres veían a un hermoso Pete Burns andrógino cantando You Spin Me Round, en Estados Unidos Merle Haggard cantaba con coraje The Fightin’ Side of Me, en Rusia Oleg Popov hacía una rutina de clown, en Australia Jon English cantaba Six Ribbons y en España Manolo Tena se declaraba un extraño en el Paraíso al ritmo de Frío.

El séptimo ángel esparció el contenido de su copa en el aire y se difuminó hacia todo el planeta. En el cielo una gran voz tronó: «Hecho está». Sobre el escenario celestial estaba Alan Rickman vestido como el profesor Snape, a su lado, vestido con el atuendo de Willy Wonka, estaba Gene Wilder. Daban un discurso extraño sobre la caída de Babilonia. Anton Yelchin apareció en su uniforme amarillo del Enterprise informando sobre el colapso de los mercados y el lamento de los reyes. Finalmente apareció Carrie Fisher con el peinado característico de la Princesa Leia, tomada del brazo de su madre, Debbie Reynolds vestida como la Reina Amidala. Algunos lo consideraron una falta de respeto para su trayectoria, yo sentí que para ellas era sólo un chiste. Fisher nos explicó que los gobiernos del mundo habían sido derrocados por los rebeldes y que a partir de ese momento estaríamos por nuestra cuenta. Se desvanecieron del escenario al pedir que la Fuerza nos acompañara.

El silencio fue roto por la línea de un bajo que reconocí al instante y se sumó una voz de oro: «Well my friends are gone and my hair is gray…» Leonard Cohen se apropió del escenario del juicio final. Nos pidió que lo lleváramos al final del amor, que tomáramos el vals de Lorca que él convirtió en canción. Hizo una pausa y pidió un aplauso para un viejo amigo, Johnny Cash subió al escenario con una guitarra y cantaron juntos Bird on a Wire. «And if I, if I have been unkind I just hope you will let it go by, and if I, if I have been untrue I hope you know it was never to you». Al terminar la canción, Johnny se desvaneció en un aplauso y Leonard continuó esperando el milagro que vendrá. Elevó una plegaria a Dios con If it Be Your Will y luego siguió con Anthem, un rayo de esperanza para los que quedamos en la Tierra: «There is a crack, a crack in everything, that’s how the light goes on». Con cada canción se sumaba un coro de ángeles, se juntaron más de mil para cantar con él su Aleluya: «I did my best, it wasn’t much, I couldn’t feel, so I tried to touch, I’ve told the truth, I didn’t come to fool you and even though it all went wrong I’ll stand before the Lord of Song with nothing on my tongue but Hallelujah… Hallelujah, Hallelujah…». La voz de multitudes se unió al coro. Se escuchó un estruendo de aguas y la voz de los truenos. Leonard se esfumó de nosotros en medio de humo de adoración.

En cielo abierto quedaba un jinete vestido de sangre sobre un caballo blanco. Un ángel descendió del cielo con la llave del abismo y arrojó a Satán al pozo de Darvaza. El mar entregó una ofrenda de muertos que cobraron vida con el cuerpo hinchado y la piel cubierta de percebes, algas, coral y fauna marina. El jinete echó un vistazo a la Tierra, miró a los espectros blancos, los zombies resucitados, los monstruos marinos, los despojos vivientes que tuvimos que beber sangre y nos dijo a todos: «El que es injusto, que sea injusto todavía; el que es inmundo que siga siendo inmundo; el que es justo que continúe practicando la justicia; y el que es santo que se santifique más. Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin, el primero y el último». Así habló el jinete que era el Verbo de Dios y se alejó de nosotros llevándose su luz, cabalgando por los cielos hacia la Eternidad.

En tierra quedamos los despojos, los monstruos y las fieras. Luchamos unos con otros para sobrellevar esto que ya no puede ser llamado vida. Sólo esperamos que regrese algún día con gloria para juzgar a vivos y muertos y que su Reino no tenga fin.

—Miauricio Jiménez, Coyoacán, 2017.

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