Amanecí un poquito menos muerto,
de cara al sol
.                         que me arañaba
con sus pestañas afiladas.
—Ay, le dije, ay, y otra vez, ay
esto debe ser la cruz divina—
y me aparté de la luz del señor
cerrando las cortinas.

Me tumbé
.        5 minutitos más sobre la cama
y recordé a la dama de anteayer
—mi amor de borracho,
.                      mi coito de anoche—
escondida entre las sábanas.
.                            No se movió
ni siquiera se inmutó cuando dejé
mi beso crudo entre sus nalgas.

Me puse mi cadáver fresco,
pantalón y botas viejas,
y salí a la calle para ver
cómo había cambiado el mundo
.                      en los últimos 3 días.

Pero nada cambió,
.             nadie me lloró,
.                         nadie notó mi ausencia,
.             ni mi cuate el voceador
.             ni el viejito del costal.
.             ni el de los tacos de canasta.

Quise contarle al mundo mi verdad,
pero nadie me hizo caso.
No me oyeron en los diarios,
no me abrieron en la tele.
nI atendieron en la radio.

Pero yo no me callé
.          conseguí un altavoz
y me fui a predicar al metro.
Pero sólo conseguí monedas extranjeras
y que me echaran a madrazos
los vendedores en montón.

Recorrí unos cuantos parques,
plazas, kioscos y explanadas;
en el Zócalo y Bellas Artes
les aventé mi sermón.
Pero no escuchaba nadie,
.          nadie,
.                      nadie me hacía caso.

Yo creí ser el zombi más pulcro
.                                  de los planes del señor.
¿Cómo iba yo a saber
.          que el día de mi resurrección
jugaba el América
.                       contra las Chivas?

Me fui a la Iglesia
para reconciliarme con Dios,
pero me dijo el sacristán
que el señor se había mudado
y no dejó su dirección.

Vagando llegué hasta aquí,
arrastrando mi cruz divina
bajo este ojete sol
que me punza en la cabeza
como corona de espinas,
y le enseño mi oración
a los patos de agua pinche
.                       de Canal Nacional
aunque comienzo a sospechar
que no se acercan por fe
y que prefieren los pedazos de pan viejo
antes que la misma comunión.

—Miauricio Jiménez, Coyoacán, 2009.


Foto: Miauricio, panteón San José, Iztacalco.

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