Publicado originalmente en El Increíble Show del Señor Paquidermo
el 10 de septiembre del 2009.


«Ese güey puede ir a comer tacos sin preguntarle cuántos a la cartera. Ese es el verdadero significado del lujo”».
-Rodrigo Solís sobre cierto cantautor.

Es una anécdota vieja, pero se las voy a contar más o menos: Volví de la chamba y me dieron la noticia de que la nena ya no tenía leche. En esos días era lo único que tragaba, fórmula en polvo que con agüita se ha de convertir en algo más sabroso que la leche de mamá. Yo no comparto su opinión, pero no iba a discutir con un bebé —no esta vez—, así que sólo sentí regacho en la pancita de que mi enana no tuviera con qué llenar la suya. Era fin de quincena y yo sólo tenía en la bolsa morralla pa’l camión. No hay pedo, en la tarjeta tengo pa’ su leche. Y ahí voy. El super no está lejos de la casa, pero me di el lujo de irme en camión, digo, pa no tardarme ¿no? Llevaba mi walkman y un kct de Sabina, Esta Boca es Mía… Entro a la tienda, agarro el botezote de leche, voy a cajas y ¡güevos! «No le alcanza, señor». A ver, de nuevo. No. Y ahí voy por el bote pequeño.«No, señor, tampoco». Entre indignado, apenado y emputado salí de ahí… ¿Qué pedo? ¡Qué importa! Mi hija no tiene que comer… Ay, endina, ¡y tan ricas que son las tetas de tu madre! Ni pedo, al primer camión le pedí chance de echarme un poema: «Hoy vi al amor elevarse rumbo al sur…» Me cae que nunca había estado más ad hoc.

¿Mencioné que pasaban de las 9 pm? Pues pasaban de las 9 pm y yo juntando centavos pa comprarle a mi hija su alimento… La cagué, siempre lo he dicho, la acostumbré a comer tres veces al día… Y ha de haber sido por estas fechas, por lo menos en las fechas en que era la temporada de lluvias de hace cinco años porque recuerdo que comenzó a llover y yo aún no juntaba lo suficiente. Pasé al banco y nel, tenía como 10 varos en la tarjeta. En la bolsa ya llevaba un poco más. De pronto me entró la duda ¿y a qué hora cierran? Torcí mi ruta rumbo a un super de lujo en Coyoacán, pa checar el precio y la hora de cierre. Como es para gente de pedos con pedigree y carteras gordas y para gente que quiere ser o sentirse de pedos con pedigree y carteras gordas, cierra más noche que las bodegas populares a las que va uno, así que se volvió mi única opción.

En mis cuentas me faltaban como 20 pesos y los camiones pasaron de poco llenos a más vacíos. En esos tiempos los compas de El Cuarteto Incompleto eran mis vecinos y vivían a 1 cuadra del súper de alcurnia. Chance el Trewarta me podría prestar un varo, él sabe lo que es juntar para el chamaco. Hasta el David Aguilar o Leonel Soto apoquinarían, lo sé. Fui a su casa a ver si podían prestar 20 pesitos (¿me da pa un taco?). No estaba ninguno, sólo un compa culichi del David, no recuerdo su nombre, estoy seguro de que lo recordaría si hubiera tenido los 20 pesos que necesitaba. Ni pedo, le di un abrazo y fui a corroborar el precio y la hora. Tiempo después lo topé de nuevo ahí mismo y me preguntó qué pasó ese día y yo le conté más o menos lo que sigue:

Pos fui a checar el costo del polvo y por una mamada del destino o por vil culerez de los dueños de las canicas o por mi bendita buena suerte, la fórmula estaba más barata en el súper de alto pedorraje que en la bodega pa’ jodidos. Después de ver el precio, conté mis monedas… hartas monedas y mi jeta ha de haber brillado de sonrisa: me alcanzaba el varo ¡Me alcanzaba! Cogí el botecito, mi morralla, mi sonrisa y fui a cajas… La morra no me mentó la madre porque su jefecita santa le dió la educación necesaria para trabajar de cajera en un súper de alto pedorraje, pero sí se sacó de onda, ella tan preparada y lista para atender a damas copetonas, a dueños de dálmatas con olor a Hugo Boss… nada en su preparación la había dejado lista para atender a un desagradable barbón con las manos apestando a tubo de microbús, los ojos llorosos, la cara rota en sonrisa y pagando con harta morralla, harto cambio, chingo de monedas. Ni modo, a poner su mejor jetita, la mano cerca de la alarma y a contar una por una ¡sí, señor! una por una las moneditas, no vaya este señor a deber unos centavos descontables de su sueldo, eso no se hace, por seguridad las contó y las recontó mientras yo sonreía y contenía lagrimones en los ojos, que para eso tengo las ojeras, para esconder mis lloros.

Salí de ahí y me fui caminando a casita todo grande y orgulloso y triunfal y chingón… por primera vez lo que hacía por gusto me servía para comer. Era un sentimiento como de ¡a huevo!, el cual todo mundo sabe que es más poderoso que el de galán… En eso recordé que traía walkman, así que me puse los audífonos para continuar con la sesión caminera de apreciación musical. Joaquín continuó con la rola interrumpida y me acompañó en mi sentimiento de Juan Camaney (bailo tango, masco chicle, pego duro y tengo viejas de a montón, tururú), de Mauricio Garcés (¡Arroz!), de Tin Tán (¡Triple! y antes de que empiecen los trancazos) ¡a huevo!. Echar choro en los camiones lo había hecho por cotorreo, por ensayo, por enfrentarme a la banda a la que no le importas en lo absoluto porque les urge llegar a otro lado. Aquella vez fue por necesidad, esta vez fue por puritita necesidad. Luego vino el desempleo y la fuga geográfica, pero esas ya se las conté.

Llegué a casita, ¿por qué tardaste? Ahí te va la lengua y mi orgullote: «…y apenas puse el walkman, el Sabina me susurró “tenemos el lujo de no tener hambre”». O algo así le conté.

Culichitown, cuartel general del Cuarteto Incompleto, 2003.
De izquierda a derecha: David Aguilar, Miauricio Jiménez Servidor y Amigo,
el compa que no tenía 20 pesos, Leonel Soto, una morra X,
Fabiola Esquivel, el HACS, La Mir, la Diampira, la SirenaCin.

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