Publicado originalmente por Edgar Khonde en La Casita del Terrock en octubre del 2015.


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El spoken word, la palabra hablada, es uno de esos actos circenses del lenguaje y con el lenguaje que funciona de soporte para presentar poesía, como a veces la literatura, o incluso el cine. Los players, spoken worderos, usan el escenario para insertarse como una idea lingüística en la cosmovisión del escucha que trata de entender lo que presencia y mira; hace falta que el asistente a una sesión de spoken se incluya dentro del acto, es decir, que no solo haga el esfuerzo por comprenderlo sino que lo desentrañe.

En el spoken word cada gesto, modulación de voz, prosodia, movimiento, guiño, componen la pieza poética. Es una forma de presentar un poema más integral y compleja, y quizá más certera (el player es un agente del caos, un francotirador). Hablo de esta técnica o disciplina o rutina porque precisamente Miauricio Jiménez (La Escandinavia, Ciudad de México, 1979) es uno de los espokeneros más avezados e interesantes que existen en la escena mexicana; aunque él no se defina como tal, o sea, a su pesar.

«Cada día me amanece una mujer / del otro lado de la cama» Miauricio Jiménez.

El Cuarto de Triques es un relato, una pieza que difícilmente se comprende sin la voz, el ritmo, el tono, las hechuras de Miauricio. Dice Miriam Ponce, quien escribe la presentación de la contraportada: «Entre las páginas de este libro vive un niño con nombre de gato rodeado de mujeres: madre, abuela, quereres (…) féminas que le duelen porque vuelan (…)». Quizá que Miriam advierta lo de «niño» se deba a la presencia de puzzles de palabras, de disimuladas cacofonías, juegos con los sonidos, con el significado y significante de las frases que cifradas bajo una estructura refieren a una cosa del mundo, pero que bien pueden referir a cualquiera: «Degustar leopardos en tanga / y el tanguar de mandarina: / tanjarina tan tanjante;». Yo no sé qué diablos quieran decir esos versos, pero dichos por la boca del poeta, suenan a ese concierto de rock pesado que uno atiende cada que «Morocco» entona su one hit wonder: «María Marioneta» (vive en una cuadra de la colonia alegría).

Si el lector atiende a la polisemia de «triques» puede sospechar que cada palabra localizada en la geografía del relato moroquiano, es un truco o un engaño. Triques, que en español muy mexicano significa «trastos y trebejos», también denota «estallido leve» y «artimaña». Artimañas como el par de versos del poema «Egoísta»: «”Consérvelo en un lugar triste / para que siga escribiendo”.» Estallidos del poema «Amnesia» (que es uno de mis favoritos): «Primero se olvidó de saludar. / Pasó de besar mejillas / a mirar gente intermitiendo.» Los textos poéticos de un libro, por su característica del verso, siempre estarán intermitiendo, como el parpadeo del lector al cambiar de línea, o como el de un peatón que recorre el metro chilango sobre las escaleras eléctrica que avanzan a empujones.

«El tiempo que se ahorraba en el saludo / lo aprovechó para olvidar cosas inútiles / como la tabla del doce, / el valor y significado de π / la raíz cuadrada de 81» Miauricio Jiménez.

La verdad es que no hay mayor complicación en abordar la obra de Miauricio, si acaso quien lo ha visto en vivo anhelara su serenata, su performance. Porque el libro sólo presenta una parte de lo que ofrece como showman. A través de los textos, de esta selección, antología, el lector se percata de la esencia, o esqueleto, de la puesta en escena de su poesía, pero, pienso, no alcanza a entender que más que leídos, los versos, en este relato, tienen que ser gritados.

Es lo que tiene ser una especie de rockstar —de los slams, del stand up comedy, del spoken word—, que el escucha, o el lector en este caso, lamenta la ausencia, urge la presencia del poeta. La interpretación que uno pueda hacer y darle a los textos de El Cuarto de Triques, queda incompleta si no está presentada por el autor. Yo que alguna vez he visto a Miauricio parado en un templete, al menos pude imaginármelo cuando leí los textos.

Y es que quizá no había puesto atención en la merca de palabras que ofrece día con día, Morocco el escandinavo, hasta que por fin previene, él mismo, al lector: «Estoy seguro de que también decía el manual / algo sobre mi personalidad adictiva». Una personalidad adictiva que incluso es capaz de escupir poemas de amor.

«Es que este lugar es tan limpio, / el aire tan puro, / la gente tan correcta / y yo tan sucio de amor y polvo / que prendo un cigarro con otro / porque me faltan imecas en los ojos» Miauricio Jiménez.


14224970_10154408953012158_6979787854067293114_nEdgar Khonde es un escritor punk con corazón negro (y viceversa), su obra ha ganado premios nacionales e internacionales, pero él no ha sido galardonado. En algún tiempo dirigió una banda internacional de ladrones de libros y ahora recorre el país recolectando palabras para embarrarlas en hojas de papel mientras mira a las estrellas preguntándose cómo estará Curiosity en la soledad marciana.

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