Anécdota publicada originalmente en Facebook el 18 de febrero del 2014.


En la calle de José Martí en la Escandón hay una sombrerería que sobrevive desde los años 50. Junto a ella había una tortería, Los 3 búhos. Cuando mis padres andaban de espléndidos y queriendo hacernos creer que éramos una familia kellog’s comíamos ahí los fines de semana.

Siendo un chamaquillo caguenge me escapaba un poco a la sombrerería, miraba con asombro los sombreros y contemplaba mi imposibilidad económica de tener un verdadero sombrero vaquero. Siendo un adolescente gordito contemplaba mi imposibilidad de tener un sombrero como el del Silvio y Aute en ese Mano a Mano. (O sea que soy como el doble de hipster porque yo quería un sombrero desde antes que los hipsters nacieran y porque soy gordo).

Ahora que soy adultescente o chavorruco (ya ni sé) fui a esa sombrerería y me compré un sombrero chingón. No, no es vaquero ni es como el del Aute, pero es como lo quise.

Además el sombrerero me midió la cabeza y sacó un molde para dejarlo a mi medida (por cierto, estoy chipotudo de un lado). ¿A poco en afuera del metro los tratan tan bien y les dan sus sombreros chinos a la medida? No, gente, no lo hacen. (Lo sé porque en ahí compré el otro). Tampoco lo hacen en sus tienditas de ropa de niñoniña como Zara. (Lo sé porque ahí compra mi hermano).

Bueno, el caso es que tengo un guapo sombrero nuevo y sin darme cuenta cumplí un sueño que tenía de morrito: ir a Martí en Bici.
Ah, no, ese no, bueno sí, pero no. El caso es que sin darme cuenta me compré un sombrero justo en el lugar que me lo quise comprar desde niño… y no me di cuenta hasta que estuve platicando con el míster de la sombrerería.

Por cierto, ya no existe la tortería.

 
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